miércoles, 6 de diciembre de 2017

Valle de Echo


El otoño estaba siendo cálido, demasiado. Todavía podíamos, a nivel del mar, salir de casa en mangas de camisa o una camiseta de manga corta a media mañana y buena parte del día. La semana de vacaciones planeada para Noviembre estaba cerca y los planes claros: Castillo de Acher, Ibón de Acherito, Pico de Aspe, Mesa de los Tres Reyes, Peñaforca y Lenito. Había donde elegir para realizar por lo menos tres excursiones. Pero una semana antes de partir el parte meteorológico anunció cambios bruscos que iban a persistir gran parte de la semana. Y así fue. La previsión de nieve y fuertes vientos se cumplió a rajatabla. En Jaca se llegaron a los 120 kms/h, y el primer día saliendo del refugio de Lizara una ráfaga casi nos lleva al suelo. Así que no quedaba otra que cambiar de planes ese día... y los siguientes.


Gracias a ese temporal (positividad ante todo, estábamos de vacaciones) visitamos los valles de Ansó y Roncal, recorrimos poblaciones minúsculas y prácticamente desiertas y cargamos con buen queso.


Y por lo menos alguna ruta pudimos completar, completamente improvisadas. Una de ellas la vuelta a la Boca del Infierno, un paseo sin dificultad cerca de la población de Echo con algunos puntos de interés. La ruta parte del puente de Santa Ana, en el desvío al refugio de Gabardito en la carretera de Echo a la selva de Oza y refugio.


Desde ahí se asciende por el camino de los ganchos, que a pesar del nombre no recorre ningún paso mínimamente equipado. El sendero recorre un precioso bosque mixto de pinos y hayas bajo los contrafuertes de la Faxa de los Valencianos. Siguiendo el sendero se llega a una explanada junto al río donde se encuentran las ruinas del campamento de San Juan de Dios.


Tras el suculento bocadillo bajo los débiles rayos de sol entre las nubes cruzamos la carretera para seguir por el sendero que nos llevará por la calzada romana hasta el punto de partida. Antes encontramos una torre de vigilancia, Torre lo Vixia, construida en la época de Fernando VI, por lo tanto entre 1746 y 1759 (gracias a Echo sin Hache).


Los restos de la calzada romana dan una idea del trabajo que tuvo que costar abrir una vía por ese congosto para el paso de todo tipo de material que los romanos acarrearan. Las vistas en esa zona al Valle de Echo son excelentes, a pesar del mal tiempo.


El mejor descubirmiento fue el valle de Igüer, cerca de Aisa y en la cabecera del valle del mismo nombre. Una alternativa al abortado ascenso al pico de Aspe era por lo menos recorrer el valle por el que íbamos a realizar la ascensión.


Resultó ser un pequeño valle, con un circo de reducidas dimensiones pero con unas vistas sensacionales a los picos de Aspe, Llena de la Garganta y Llena del Bozo. Al otro lado las redondeada loma de la punta de Nazapal. Todo un contraste de geometrico de aristas y curvas.


Al poco de comenzar la ruta van apareciendo al norte los primeros picos, con la nieve caida los días anteriores reluciente al sol. Al llegar al valle al NO se observa el circo que lo cierra, y sobre él el collado del Bozo, primer objetivo antes de coronar la punta Napazal.


El camino lleva hasta el mismo circo, el cuál recorremos por su base para ascender hasta el GR por las paredes de la vertiente norte. Un dolmen en bastante buen estado que casi se mantiene en pie es de obligada visita, además de por él mismo por el bonito lugar en el que está: sobre el valle y bajo los imponentes puntales de los picos. Antes del ascenso nos encontramos con el Ibón de Izagra, completamente seco. No parece que deba contener mucha agua ya que es de escasísima profundidad, más bien parece una pequeña laguna que debe llenarse durante el deshielo. Es curioso observar un agujero, un sumidero en la que el agua se ha quedado congelada al caer por él.


Una vez en el collado del Bozo, al que se llega sin ninguna dificultad por el sendero que asciende moderadamente, las vistas se abren al valle de Lizara presidido por el Bisaurín, con el refugio al fondo.


Alcanzar la cima de la Punta Napazal es un momento. Se sigue por el redondeado cordal hasta la cima, en cuya vertiente O refugiados del viento y bajo el sol podemos comer tranquilamente. Un lugar espectacular para reponer fuerzas.


El retorno es por el mismo camino, siguiendo el GR11, pero en lugar de descender al valle seguimos por el sendero para desviarnos a visitar la surgencia del manantial de Rigüelo, frente a los Mallos de Lecherines, unas altivas agujas que destacan en esa zona del valle.


Para volver al punto de partida sólo es necesario volver al GR y seguirlo hasta el final.


Por último destacar las aproximaciones desde Oza al Castillo de Acher y al Ibón de Acherito, que dado el fuerte viento decidimos dejar para mejor ocasión. Finalmente se pudieron salvar con algunas salidas, fáciles ambas, esos días de vacaciones en el Valle de Echo. Y con una estancia acogedora en una casita en la población de Jasa.