sábado, 10 de mayo de 2014

Un brillante día de Agosto en el Pedraforca

Todo comenzó un brillante día de Agosto en el Pedraforca. Él celebraba su 46 cumpleaños. Coincidieron en el Pollegó Superior. Había llegado antes, coronando la cima junto a su gran amigo. La vio llegar unos minutos después mientras saboreaba un apetitoso melocotón, colmado de satisfacción por el logro conseguido y por las vistas que ofrecía el día claro. Ya se había fijado en ella la noche anterior en el refugio, cuando la vio llegar de noche con su frontal y la mochila cargada. Por la mañana temprano desayunaba sola, tranquila, ilusionada por estar a punto de coronar una de sus primeras cimas, como él. Algo en ella iluminaba y atraía sus ojos y no podía dejar de dirigir su mirada hacia ese resplandor que sólo él veía.

El descenso se desarrolló entre frecuentes encuentros casuales, comentando lo pesada que es la tartera del Pedraforca, riendo por ese tropiezo tonto que su amigo evitó tuviera más consecuencias al cogerla por la mano. De vuelta al refugio comparten cerveza, charlas y risas y como lanzados por un resorte imaginario se intercambian sus direcciones de email con la excusa de compartir las fotos de la jornada.
M'Goun
El siguiente encuentro no fue casual. Les esperaba el Montseny, el Turó de l'Home por Les Agudes.  Y tampoco el siguiente, para recorrer las montañas de Sant Miquel del Fai y disfrutar de un momento mágico que se selló con un beso que los hizo felices y los dejó al mismo tiempo confusos: no hacía mucho que ambos salían de una relación que había acabado de la peor manera.

Siguieron muchos años de rutas, cimas y algunas aventuras: Aneto, Vallibierna, M'goun, Posets, Puigpedrós, Montsent de Pallars, Comabona…  Lisboa, Marrakesh, montañas, valles y costas. Y música, conciertos, teatro, paseos, cariño, alegrías, preocupaciones, compañía... y también desencuentros. Él con una agenda complicada, con obligaciones que muchas veces le superaban y que probablemente nunca supo manejar; ella con sus proyectos: Nepal, Tíbet, París, Andes, Annapurna, Everest...donde él no podría acompañarla. Poco a poco ella realizaba sus sueños, sola, mientras él la esperaba deseando tener noticias suyas y añorando su compañía.

Montroig
Casi sin darse cuenta de que el tiempo pasaba en su contra se enfriaba su relación; el vuelco que la situación pedía a gritos desde las cimas y los valles no parecían escucharlo; ese vuelco que tanto necesitamos en muchos momentos de nuestras vidas y que no somos capaces de ver hasta que ya no hay marcha atrás. Ese vuelco que él nunca supo gestionar a pesar de darse cuenta de que había que actuar, que se necesita más que buenos momentos, que es necesario compartir, planear, proyectar. Compartir… compartir…

El final del camino está marcado en otra cima, la del Costabona, un triste domingo de Mayo con el Canigó a sus espaldas y el mar frente a ellos, a lo lejos. Ella ha crecido: valiente, decidida, madura, fuerte, admirable, segura, hermosa... muy hermosa... con proyectos y planes que no quiere dejar atrás, porque la vida ofrece oportunidades pero no certeza de disfrutarlas si dejamos pasar el tren. Él lamenta a cada minuto que el tiempo no se pueda rebobinar, lamenta la oportunidad perdida de tener a su lado algo más que muchos kilómetros en las botas, añora los momentos pasados con ella y desea hablarle,  besarla, su compañía, rebobinar el tiempo… y poder combatir la nostalgia por haber perdido a la persona que quiere, pero que  nunca demostró como debía.

Pic de la Dona
La vida compartida es mucho mejor. Las oportunidades perdidas no vuelven.

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