martes, 23 de diciembre de 2014

La Rueda

Mi rueda sigue en la UCI esperando su turno para la operación. Gracias a Cicles que me ha prestado su rueda delantera puedo seguir saliendo.

Agresiva KTM con la RedMetal Zero
El día del intercambio ya me sorprendió la ligereza de la Fullcrum Red Metal Zero. La mia, Red Metal 3, ya es ligera, pero la Zero es el colmo. La rueda viste radios planos y en menor número. El logo en blanco sobre negro y rojo le da un aspecto más pro. Y su comportamiento rodando es perfecto.

El aspecto de la bici con esa rueda es impresionante. Creo que voy a romper la de atrás a ver si Cicles me presta la suya también...


Can Calopa de Dalt, con la Mola a la izquierda, y ampliando la foto las montañas de Nuria nevadas al fondo.



Nocturna

Él se dedicaba al jet free style, era un conocido deportista de primer nivel. Ella, su prima, era ingeniero free lance experta en diseño y nuevos carburantes para los propulsores que usaban las jet bikes que ofrecía sus servicios a las primeras marcas mundiales. Ambos disfrutaban de su afición a la bicicleta en su tiempo libre. Les gustaba enseñarles sus progresos al abuelo. Aficionado a la bicicleta y practicante empedernido mientas la salud se lo permitió, disfrutaba de las conversaciones con sus nietos.

- ¿Qué es lo que ocurrió, abuelo? Nunca nos has hablado de ello - Se cumplía otro aniversario, pero las imágenes no se volvieron a emitir y a la noticia se le daba un escaso relieve en televisión y prensa.

No le gustaba recordar lo sucedido. A pesar de los no pocos años transcurridos el recuerdo de sus amigos seguía muy vivo en su memoria. Cada vez que lo recordaba quedaba sumido en la tristeza y la rabia. El hecho de haber podido ser unos de los desafortunados del grupo que sufrió el ataque le hacía sentirse culpable, y aunque sabía que de ninguna manera era responsable no dejaba de sentir esa terrible carga por no haber estado allí. Aunque sabía que nada hubiera podido hacer.

Su horario de trabajo no le había permitido aquél día acudir a la cita para disfrutar de otra de las salidas nocturnas de las que tanto gustaba. El plan, como de costumbre, era hacer alguna ruta por Collserola. Sus pistas y senderos eran conocidos por todo el grupo, y su situación la ideal, cerca de sus lugares de residencia. Todos llegaban con sus potentes focos delanteros y pilotos traseros, y alguno que otro con su cámara de vídeo preparada para registrar algún emocionante tramo a la luz de los focos. El grupo variaba en número en cada cita. La de aquella noche fue de las más numerosas.

Aquél día encontraron a unos jabalíes en medio del sendero bloqueándoles el paso. Desde luego era habitual encontrarse con ellos; algunas veces los animales corrían en dirección contraria entre la vegetación, otras ni se inmutaban y permanecían a un lado ajenos al paso de los ciclistas, y otras se apartaban discretamente. Estaban más que acostumbrados a la presencia humana. Aquel día en cambio el grupo no se apartó ni se echó a un lado. Entre bromas grabaron las imágenes, las que se habían emitido en todos los canales de televisión de todo el mundo, en todos los periódicos digitales. Les pedían entre risas que se apartaran para dejarles pasar. Las últimas palabras que se oyen en el vídeo resuenan todavía en su cabeza: "cuidado que el grande se gira...". Después de eso la oscuridad...

La noticia recorrió todo el planeta. Los ciclistas habían sido atacado por un grupo de jabalíes en pleno parque de Collserola, la extensa sierra que encerraba Barcelona entre ella y el mar. Cuando los cuerpos de seguridad ciudadana acudieron en busca del grupo, tras ser alertados casi de madrugada por sus familiares, y dieron con el lugar donde habían desaparecido, no dieron crédito a lo que vieron. Las bicicletas permanecían tiradas en medio del sendero, algunas mochilas y objetos personales, pero de los cuerpos de los ciclistas sólo quedaba el rastro que habían dejado tras ser arrastrados entre la maleza hacia algún escondido lugar. Éste se perdía en un claro del monte, donde había sido borrado a conciencia y se hacía imposible seguirlo. Se usaron perros rastreadores, equipos de búsqueda entre los forestales y bomberos de las poblaciones cercanas, incluso medios aéreos, pero jamás se encontraros los cuerpos. A partir de aquél día no fueron vistos más jabalíes en Collserola, en ningún
rincón del parque, a pesar de que había numerosos rastros de su paso por todas partes. Patrullas de forestales y cazadores recorrían día y noche la sierra en su busca, pero nunca más fueron vistos.

- Fue así como la gente dejó de acudir a Collserola a hacer deporte, pasear o disfrutar de las vistas sobre Barcelona. Se convirtió en el lugar salvaje que hoy es y que ya nadie puede visitar.

Los gobernantes quisieron, cada uno a su manera, sacar provecho de la situación. Unos pretendieron crear un gran parque temático, talando grandes zonas de bosque y allanando colinas para construir hoteles de lujo y enormes centros de ocio y deporte, e incluso un aeropuerto para aviones de pequeño tamaño junto a una urbanización de lujo: en un entorno así y con las grandes infraestructuras planeadas no podría en ningún caso sobrevivir la fauna salvaje.

Otros querían preservar a toda costa la zona y crear actividades en la naturaleza guiadas por expertos en el medio natural, con grupos numerosos de excursionistas aficionados, trenes turísticos, rutas en 4x4, circuitos cerrados para bicicletas, teleféricos para disfrutar de paseos aéreos sobre los bosques y enormes miradores panorámicos con los suelos de cristal.Y también cristal para los muros transparentes y poder así avistar la fauna salvaje de forma segura, si es que alguna vez volvía a aparecer donde quisiera que estuviese.

- El resto ya lo sabéis. El pánico se apoderó de la población y ya nunca más nadie volvió a visitar la sierra; los habitantes abandonaron sus casas y nadie volvió a circular por sus carreteras ni caminos. El parque del Tibidabo y la Torre de Collserola se abandonaron, y ahora sólo se adivianan bajo esa espesa capa de vegetación que las cubre. Las autoridades decidieron aislar la montaña y levantaron los grandes muros que la rodean, y definieron el perímetro de seguridad que bajo ningún concepto podemos traspasar. Desde entonces vivimos de espaldas a la montaña, temerosos de pasar junto a ella. Y yo preguntándome día a día que fue de mis amigos y qué extraño conocimiento adquirieron los jabalíes para comportarse de esa manera y expulsar al hombre de Collserola.


video


lunes, 8 de diciembre de 2014

La confianza

Puigmadrona, La Mola al fondo
La confianza es la esperanza firme que se tiene de alguien o algo; la seguridad en uno mismo. Pero también la presunción y vana opinión de sí mismo (definiciones de la RAE). La confianza nos ayuda a enfrentarnos a las dificultades y superarlas, o por lo menos intentarlo. A no quedarnos atascados ante cualquier inconveniente y a emprender cualquier aprendizaje o actividad. La confianza que depositamos en los demás es positiva para su amor propio y para sentirse valorados. Pero la confianza tiene también un lado negativo, que nos lleva a reducir la atención y a pensar que ya tenemos todo el trabajo hecho cuando todavía nos queda un trecho para conseguirlo.

El día empezó regular. La noche antes había hecho todos los preparativos: hinchar las ruedas, engrasar la cadena, revisar los frenos, preparar el plátano, la barrita y el agua, poner las pilas al GPS para registrar la ruta e incluso, esta vez, llevar la cámara de fotos; el despertador preparado a las 7 en punto. Por la mañana miro la hora al despertarme, las 7:45. Ya no llego: olvidé presionar el botoncito para activar la alarma. Me levanto y me planteo qué hacer, un poco disgustado por perderme la salida de hoy con el resto del grupo. Durante el desayuno decido irme por Collserola hacia el Puig Madrona. Hace frío, 5º; pero el día es espectacular, brillante y muy despejado.


La ruta transcurre sin mayores problemas; después de las últimas lluvias el terreno está perfecto. En las zonas hombrías hay que ir con cuidado porque las rocas y las raíces están muy resbaladizas. Tomo una ruta que me llevará hacia la Creu d'Olorda, sigo hacia el Paiol, asciendo al Puig Madrona, desciendo hacia Valldoreix para dirigirme tras una subida y luego otra fuerte bajada hacia La Rierada; por la Siberia hasta la carretera para tomar la pista a Can Pascual, descenso por sendero y en Can Cuiás hacia Sant Just por la última trialera del día. Ya en la pista estoy pensando en la cervecita que me espera en casa, y en no sé cuantas cosas más... supongo. El caso es que en una tramo llano, en el que se va bastante rápido porque se sale de una bajada, con el suelo húmedo pero perfecto para rodar, con escasos baches... se me va la mano izquierda del manillar y salgo disparado por delante de la bici cayendo de espaldas y deslizándome, como un escarabajo panza arriba,sobre la pequeña mochila, con la bici detrás mío.

Sant Pere Mártir y la desembocadura del Llobregat
 Me quedo en el suelo unos segundos, medio aturdido por la caída y preguntándome qué ha pasado. Cuando me incorporo noto algunos golpes pero nada importante. Levanto la bici y miro si hay algún desperfecto, lo primero es lo primero. La rueda delantera no gira, está descentrada; la desmonto y veo que hay 4 radios rotos y el aro está completamente deformado, de tal manera que cuando la monto de nuevo toca con la suspensión, y claro, no gira. Nada que se pueda reparar en ese momento y por lo tanto hay que volver andando a casa, unos 4 kms. Unos larguísimos 4 kms. Tengo que llevar la bici levantada apoyada en la rueda de atrás, un largo "caballito"; a medida que voy andando los brazos empiezan a quejarse por el peso de la bici, que aunque ligera no es para llevarla así durante casi una hora; y empiezo a notar los golpes de la caída que van saliendo. Algunos ciclistas me preguntan si quiero una cámara, piensan que he pinchado. Otros pasan de largo y alguno comenta "mira, éste ha pinchado".

La rueda y sus radios partidos
Estaba ya cerca de casa, daba por finalizadas las dificultades de la ruta, iba ya pensando en la cerveza fría y en no sé cuantas cosas más... supongo. Y el punto de tensión y atención necesarios se había esfumado. El día después queda la incertidumbre por saber cómo quedará la rueda tras cambiar los radios; y los golpes repartidos por diversas zonas del cuerpo que poco a poco han ido apareciendo. La confianza... que mala que es a veces. Aún así ha salido un respetable duathlon: 41 kilómetros en bici, 4 andando y 1400 mts de desnivel.